Para alimentarse del fruto del Árbol de la Vida, antes hay que hacer lo propio con el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Hincarle el diente a los frutos de la sabiduría como quien come manzanas de un "manzano" sin más, resulta tan estéril como peligroso: es imprescindible saber diferenciar entre el fruto bueno y el malo. Para ello hay que esperar y observar cómo lo hacen otros, y así comprobar sin asumir riesgos quienes se han muerto envenenados y quienes no a causa de haber elegido un fruto u otro. Una vez defindo qué fruto es letal, optaremos por el fruto benigno, pero ingiriéndolo con paciencia, masticándolo bien para que la digestión sea suave y no produzca mucha acidez gástrica. Es decir, que no nos queme por dentro. Cuando nuestro organismo se haya adaptado plenamente al nuevo fruto, entonces es el momento de retirar de un cachete a esos querubines malcriados, dejados de la mano de Dios, y arrebatarles sus juguetes, sin piedad, y de este modo acceder sin dificultades al fruto del Árbol de la Vida, comer de él y, paulatinamente, ir viviendo para siempre (algunos individuos se pasean por este mundo una y otra vez como perro por su huerto, sólo que van cambiando de collar para despistar). Moraleja: si haces lo que los demás hacen, caerás como los demás. (Eva hizo lo que le dijo la serpiente, y Adán hizo lo que le dijo Eva, y así viene siendo desde entonces)
Escrito por Ella, el 6 de Julio del 2010.
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