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Pilar Prades Santamaría, la envenenadora de Valencia

Solamente ha habido dos mujeres que han sido ejecutadas mediante garrote vil en España. La primera fue Mariana Pineda, considerada como una heroína al haber bordado una bandera liberal durante el reinado de Fernando VII, siendo ajusticiada en su Granada natal en 1831. El segundo y último caso fue en los años 50 para dar muerte a una mujer que causó gran revuelo en la sociedad valenciana, pero que a pesar de su ejecución, nunca se demostró totalmente su culpabilidad. Unos la conocían como Pilar Prades Santamaría; la mayoría la recuerdan como “la envenenadora de Valencia

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Los primeros años de Pilar Prades: Una infancia dura

Pilar Prades nació en 1928 en el pueblo de Bejís, en la provincia de Castellón, en el seno de una familia humilde con cuatro hermanos. Su infancia no fue fácil en ninguno de los casos.

Desde muy pequeña tuvo que ayudar a sus padres en las tareas del campo, ya que era la forma de subsistencia de la familia. Esta situación humilde forjó en Pilar un carácter fuerte que no regalaba grandes sonrisas, además de ser completamente analfabeta como en la mayoría de los núcleos rurales de la época.

También hay que mencionar que vivió de lleno en sus primeros años la Guerra Civil Española y la postguerra, que afectó gravemente a su familia y, por tanto, también a ella. La pobreza fue tal que su familia tuvo que enviar en 1940 a la joven Pilar, que tenía por aquel entonces 12 años a Valencia, con el fin de que pudiera encontrar algo mejor, ganar dinero y poder casarse. Esta situación la vivieron millones de españoles que vivían en pueblos humildes que fueron incapaces de alimentar a las bocas de sus hijos tras finalizar la guerra, recurriendo a enviar a sus hijos a servir a casas de familias acomodadas o a llevarlos a las ciudades para realizar otra vida alejada de la pobreza. Y un claro ejemplo de esta dura situación fue Pilar Prades, que vio que su adolescencia quedaba marcada por la soledad en una ciudad como Valencia, para ella completamente desconocida.

Pilar viajó a la capital del Turia para servir en las casas, pero su carácter y sus gestos no causaban gran impresión en los amos, por lo que era aceptada en muy pocos hogares.

Con lo poco que ganaba limpiando y sirviendo ahorraba para el traje de boda, aunque era demasiado joven y no tenía ni novio, para alimentarse, y para acudir a un salón de baile llamado “El Farol”, donde pasó más penas que glorias, ya que observaba a las demás jóvenes desde la silla mientras ella nunca era sacada a bailar por ningún hombre. De hecho, nunca tuvo la oportunidad de conocer al sexo opuesto de ningún modo, aunque ella seguía preparando su traje de boda como mandaba la tradición en aquellos años tan difíciles.

La primera víctima en extrañas circunstancias: Adela Pascual

La mala suerte de Pilar Prades cambió en 1954 cuando una familia formada por Enrique Vilanova y Adela Pascual, que regentaban una tocinería en la calle Sagunto, aceptaron los servicios de una mujer que ya tenía 26 años.

Su cara cambió radicalmente, pues ya no era la joven tristona que deambulaba por las calles de Valencia. Además de servir a la familia Vilanova-Pascual, atendía en los quehaceres de la tocinería cuando ésta se encontraba a rebosar de clientes.

Pilar admiraba las maneras y la destreza que tenía Adela Pascual, ya que era guapa y trabajadora, cosas que ella nunca había tenido la suerte de conocer. También vestía muy bien con ropajes que eran inaccesibles para una joven humilde que se ganaba la vida sirviendo.

Esta alegría un día se tornó en desgracia. Misteriosamente y sin que nadie lo esperara, la señora Adela enfermó durante las Fallas de Valencia. Pilar suplía a su señora en las labores de la tocinería ayudando a su señor Enrique Vilanova, además de cuidar y dar caldos y tisanas a la enferma.

La enfermedad de Adela traía en jaque a los médicos, que afirmaban era gripe. Pero los vómitos que conllevaban a la pérdida de peso y a la creciente debilidad de la mujer hacían que se preocupara por su situación grave y, desgraciadamente, por su vida. Y lo que era una crónica de una muerte anunciada, sucedió, y Adela Pascual falleció, sumiendo a su viudo en una profunda depresión.

Pilar Prades convenció a Enrique a que le dejara el negocio mientras él se encontrara de luto, porque no se podía abandonar a la clientela, a lo que el señor accedió. Pero un día, Enrique se acercó a la tocinería para ver cómo iba y se encontró a Pilar con las ropas de su difunta esposa sirviendo con total alegría como si nada hubiera ocurrido, como si Pilar fuera la sustituta de Adela en aquella familia. Enrique Vilanova no dudó un segundo y en ese momento despidió a Pilar. Poco después cerró la tocinería y abandonó la ciudad de Valencia.

Segunda y tercera víctima en extrañas circunstancias: Aurelia Sanz Hernanz y Mª del Carmen del Cid

Tras ser despedida en la tocinería de la familia Vilanova-Pascual, Pilar Prades no tardó en encontrar trabajo, gracias a una de las pocas amigas que tenía en Valencia como era Aurelia Sanz Hernanz, que trabajaba como cocinera en la casa de un médico militar con muy buena reputación como era Don Manuel Berenguer, que vivía junto a su esposa Mª del Carmen del Cid en la calle Isabel la Católica. A Aurelia la conoció en aquel salón “El Farol”, donde ella tan poco disfrutaba, y fue de las únicas buenas sensaciones que sacó de aquel local. Gracias a su amiga pudo entrar, en 1956, a trabajar en la casa del médico Manuel Berenguer como doncella para servir a la familia.

Pero la amistad de Pilar Prades y Aurelia Sanz cambió de pronto cuando conocieron a un joven mientras paseaban por la playa de la Malvarrosa. Las dos pretendían al joven, pero éste se decantó por Aurelia, que la sacaba a bailar en “El Farol”, mientras que Pilar observaba con ojos vengativos hacia la que hasta ese momento era su mejor amiga.

Pocas semanas después, Aurelia cae enferma en extrañas circunstancias, presentando los mismos síntomas que la fallecida Adela Pascual hace dos años. Pilar Prades se comporta como si nada hubiera ocurrido entre las dos amigas, y vuelve a cuidar a Aurelia dándola caldos y tisanas para intentar curarla.

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Su estado empeora, por lo que el médico Manuel Berenguer decide que sea ingresada en el hospital, donde la vigilan a todas horas, causando esto una mejoría en la cocinera Aurelia. Pero las sospechas del médico militar comienzan a aparecer cuando también presenta los mismos síntomas su esposa Mª del Carmen del Cid.

Poniéndose de acuerdo con otros especialistas en el campo de la medicina, decidió aplicar a las dos enfermas propatiol, una sustancia que se inyecta en los cuerpos y que predice si un cuerpo tiene algún tóxico. Los resultados fueron incréibles…

Descubrimiento, detención y ejecución de Pilar Prades

Tras realizar la prueba del propatiol los cuerpos de las enfermas tenían una procedencia común en un tóxico: nada más y nada menos que arsénico.

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Se empieza a pensar que Pilar Prades se quería quitar de encima a Aurelia Sanz y a Mª del Carmen del Cid para así centrar la atención de sus hombres en ella, situación que nunca había vivido.

Manuel Berenguer se pone en contacto con Enrique Vilanova, viudo de Adela Pascual, para exhumar el cuerpo de su difunta mujer y realizarle una serie de pruebas con el fin de aclarar su misteriosa muerte. Y las pruebas dieron el mismo resultado, siendo la causa de la muerte de Adela Pascual un envenenamiento con arsénico, ya que en el momento de su exhumación el cuerpo de la fallecida estaba momificado, que solamente ocurre si ha sido envenenada con algún elemento químico.

Al dar positivo la prueba los ojos se pusieron rápidamente en Pilar Prades. Se registró su casa en Valencia y en ella se pudo encontrar escondido en un baúl envuelto del traje de boda “Diluvión”, un matahormigas que contenía entre otros elementos, arsénico.

El 20 de febrero de 1957 es detenida Pilar Prades, pero no confesó los hechos, aunque pasó 36 horas siendo alimentada únicamente con aspirinas y fue recomendada por su abogado que reconociera el crimen y los intentos de asesinato por envenenamiento, ya que planeaba sobre ella la pena de muerte.

Pero Pilar Prades se negó en rotundo a aceptar su culpabilidad diciendo en todo momento que ella era inocente.

El Tribunal Supremo dictó sentencia, que conllevaba la condena a muerte para Pilar Prades, la envenenadora de Valencia. Los recursos para la anulación de la pena de muerte no llegaron; los tecnócratas del Opus Dei y los ministros no tuvieron piedad y solamente quedaba un indulto, del Jefe de Estado, que no llegó nunca.

Tras no llegar ningún indulto o anulación de la pena, la ejecución de Pilar Prades tuvo lugar el 19 de mayo de 1959, mediante el garrote vil ya mencionado, en la cárcel de Valencia.

Una curiosidad que ocurrió durante la ejecución en el garrote vil de Pilar Prades fue que, el verdugo, de nombre Antonio López Guerra, se negó a ejecutar con aquel instrumento a una mujer consciente del dolor que pudiera tener ella. Nada más realizó la ejecución el verdugo cuando fue emborrachado con una botella de coñac.

Y tras una vuelta y media del tornillo, Pilar Prades murió siendo analfabeta, sin haber conocido el amor de un hombre y la felicidad a la que tiene derecho todo ser humano. Sólo será conocida como la “envenenadora de Valencia”.

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Publicado por el día 29/09/2015 | Sin comentarios

 

 

 


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