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¿Quién mató a los Marqueses de Urquijo?

Madrugada oscura del primero de agosto de 1980. Manuel de la Sierra y su esposa María Lourdes Urquijo duermen plácidamente en un lujoso chalé situado a las afueras de Madrid. Todo parece normal, o casi normal, hasta que el susurro de la traición altera el sosiego de la noche. De repente, las estancias del lugar se cubren de un silencio asfixiante y extraño, mientras la sombra de la muerte penetra en el interior del edificio

El comienzo

La noticia causó un gran revuelo entre los ciudadanos madrileños que se despertaban un día más para afrontar su jornada de trabajo. El rumor parecía increíble. Allá a lo lejos, en una suntuosa finca de Somosaguas habían aparecido los cuerpos de unos personajes ilustres cosidos a tiros. El asombro se convirtió en interés y a los pocos días, España entera era testigo indirecto de un asesinato. Todos querían opinar. Todos querían convertirse por unos instantes en investigadores y juristas del destino atroz de dos personas que tenían apellidos de banco. Así comenzó el crimen de los Marqueses de Urquijo.

Como es habitual en este tipo de casos tan mediáticos, el tiempo se ha encargado de forjar varias versiones opuestas e irreconciliables. Para algunas de estas personas, el asesinato de Manuel de la Sierra Torres, de 55 años, y de su esposa María Lourdes Urquijo y Morenés, de 45, sería, sin ambages, la crónica de una muerte anunciada. Sin embargo, también existen otras teorías que apuntan a una minuciosa estrategia de intereses económicos que habría sido gestada por un inductor desconocido.

El asesinato.

El 1 de agosto de 1980 se produjo lo que para muchos era lo impensable. Esa noche, un joven transportista de rostro delgado y mirada escurridiza llevó a su íntimo amigo Rafael Escobedo Alday, de 25 años, hasta Somosaguas en un vehículo prestado. Allí, solo o en compañía de otros, el antiguo yerno de los Marqueses se adentró en el lujoso chalé de la familia Urquijo.

Tras burlar con destreza los primeros obstáculos que les separaban de las estancias superiores, los intrusos se dirigieron hacia el dormitorio principal donde descansaba Manuel de la Sierra. Una vez dentro, uno de ellos se acercó sigilosamente al lado de la cama y tras colocar el silenciador sobre el cañón de una pistola, disparó un proyectil que fue directo a la cabeza del Marqués. La sangre comenzó a brotar de la sien derecha de la víctima, mientras una nueva bala se incrustó de forma accidental en un armario.

El ruido que se acababa de producir en la habitación debió de alterar el sueño de la Marquesa. La señora, que dormía en un cuarto contiguo de dimensiones más reducidas, se despertó sobresaltada y preguntó a la oscuridad quién se encontraba en aquella estancia. Tal vez si los acontecimientos se hubieran desarrollado de otra manera, la heredera de los Urquijo habría podido accionar la alarma que se encontraba detrás de las cortinas, pero no fue así. Ya era demasiado tarde. De inmediato, dos balas fatales rasgaron con extremada precisión el silencio de la noche.

A la mañana siguiente, el chalé de los Urquijo reflejaba una calma extraña. Eso fue lo primero que llamó la atención de la cocinera dominicana Florentina Dishmey, la única persona del servicio que había dormido en el edificio. Las casualidades parecían sugerentes. Esa noche, el mayordomo y su mujer se encontraban de viaje, y los encargados de la seguridad tampoco pudieron realizar su trabajo habitual debido a un problema automovilístico. Aquella, sin duda, era una oportunidad inmejorable para cometer un crimen.

Las sospechas de la cocinera se reafirmaron cuando la asistenta Paula Concejal fue a airear los salones y descubrió que la puerta de la piscina estaba abierta y quemada. Además, la criada también vio que la cristalera que comunicaba con el exterior del chalé tenía un misterioso boquete que había sido realizado con perspicacia. En aquél momento, todos fueron conscientes de que algo muy extraño había sucedido en el número 27 del Camino Viejo de Húmera. No se equivocaban.

Sin tiempo que perder, el chófer Antonio Chapinal avisó al guarda jurado de la finca y unos minutos más tarde los dos ascendieron, sigilosos, los escalones que conducían a las dependencias de los Marqueses. Aparentemente nadie lo sabía, pero aquellos hombres armados e intranquilos estaban a punto de ser testigos de un espectáculo dantesco. Los restos de sangre y la rigidez pálida de la muerte así lo confirmaron. El miedo se desató en Somosaguas, y de repente, una gran incógnita comenzó a impregnar los rostros de toda la servidumbre: ¿Quién había asesinado a los Marqueses de Urquijo?

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Funeral por los Marqueses de Urquijo

La teoría de la venganza  

El 21 de junio de 1978 Myriam de la Sierra, la hija primogénita de los Marqueses de Urquijo, contrajo matrimonio eclesiástico con Rafael Escobedo, un joven de familia acomodada que había abandonado sus estudios de Derecho. Tal vez por esta diferencia de clases, la unión nunca estuvo bien vista por el Marqués; un hecho que resulta paradójico, ya que él mismo tuvo que vivir una circunstancia parecida cuando se casó en 1954 con su esposa María Lourdes, a quien sus parientes pretendían enlazar con una de las familias más destacadas y pudientes de la nobleza catalana: los Güell.

A pesar de estos primeros inconvenientes, Myriam y Rafi estuvieron conviviendo durante un tiempo en el chalé de Somosaguas hasta que los continuos enfrentamientos allanaron el camino hacia el traslado. De esta manera, la pareja de recién casados se marchó a vivir a un piso situado en la calle Orense, en Madrid, donde según las crónicas de la época llegaron a sufrir diversos periodos de agobios económicos sin que el Marqués hiciera nada para impedirlo.

La relación matrimonial, si es que alguna vez llegó a existir de forma plena, se consumió con extremada rapidez. Tan sólo duró unos meses. No obstante, la ruptura no sólo se produjo por la actitud distante del Marqués. Al menos esto es lo que la propia Myriam de la Sierra reveló en 2013 a través de la publicación de un libro titulado ¿Por qué me pasó a mí?

“Discutíamos con frecuencia y casi siempre por el mismo tema: si estábamos tan mal económicamente era por culpa de mis padres. Él no trabajaba ni estudiaba y yo estaba cansada de esa situación”.

Así, durante la Semana Santa de 1979, Myriam comenzó de forma oficial una nueva relación sentimental con Richard Dennis Rew, un ciudadano estadounidense afincado en España que era conocido por el sobrenombre de Dick el americano. Y aquí se produce, en palabras de algunos defensores de la denominada versión oficial, uno de los posibles móviles del crimen: Rafael Escobedo, sumido en un sentimiento de ira y venganza por la reciente ruptura matrimonial, trazó un plan con su amigo Javier Anastasio de Espona para terminar con la vida de sus suegros. Las sospechas no eran infundadas, ya que según publicó el diario El País el 28 de julio de 1988, además de los citados enfrentamientos: “Manuel de la Sierra, seis meses antes de su muerte, alentó y financió la demanda de nulidad eclesiástica del matrimonio presentada por Miriam” tras la separación.

El móvil de la venganza cobró una importancia decisiva a raíz de una declaración policial en la que Myriam de la Sierra recordó, ocho meses después de la muerte de sus padres, una violenta conversación que se produjo tres o cuatro días antes de los asesinatos. En esta discusión, Rafael Escobedo llegó a manifestar la intención de hacer daño a los Marqueses a través de las siguientes palabras: “Te vas a acordar de mí. Voy a hundir a tus padres, y esta vez va en serio”.

Asimismo, según otros defensores de la versión oficial como el periodista Matías Antolín, la motivación de Rafael Escobedo era terminar con la vida de sus suegros bajo la creencia de que Myriam, una vez que recibiera el dinero de la herencia, se sentiría libre y volvería a retomar la relación perdida. Sin embargo, también existen otras teorías que señalan que el verdadero interés de Rafi no se encontraba en la hija de los Marqueses, sino en su cuñado. El mayordomo Vicente Díaz Romero manifestó que Rafael Escobedo y Juan de la Sierra coincidieron varias veces en la casa de Somosaguas después de los asesinatos. Además, también realizaron una excursión a los Alpes en diciembre de 1980.

“El señorito Juan y el señorito Rafi –declaró el mayordomo- vivían juntos cuando nadie les veía, antes y después de los asesinatos. Rafi le pedía dinero a Juan; discutían mucho después de que murieran los señores marqueses. No se puede hacer ni una idea de la movida que había en el chalé. El caso Urquijo parece una farsa, una comedia”.

Respecto a esta relación tan particular, el inspector José Romero Tamaral, que dio una vuelta de tuerca a la investigación tras su incorporación en el caso, redactó un detallado informe en el que recapituló varias declaraciones policiales que no fueron tenidas en cuenta por el juez instructor del caso, Luis Román Puerta. En ellas queda de manifiesto que la relación entre los dos amigos sufrió un deterioro considerable:

1) “Vicente Díaz Romero, exmayordomo de los señores marqueses, afirma que Juan de la Sierra, que mantenía una estrecha relación con Rafael, traía a éste a dormir al chalé, acostándole en su alcoba, contra la voluntad de sus padres y de su hermana, de la que ya estaba separado, y continuó haciendo esto incluso después de muertos sus padres. También ordenó al servicio que se le facilitasen coches de la casa siempre que los pidiera.”

2) “Diego Martínez Herrera, administrador de los finados señores […] habla de que un mes después de la muerte de los marqueses Rafael pidió a Juan cuatro millones de pesetas, que éste no se atrevió a negar personalmente, y por ello le solicitó que le acompañase a una entrevista con Rafael y se opusiera a la entrega”.

3) “Vicente dice que, efectivamente, Rafael pidió a Juan cuatro millones de pesetas, pero que no sólo los pedía, los exigía en insistentes llamadas telefónicas a Juan, hablándole en una de ellas de que se iba a suicidar y que dejaría una carta explicando los motivos. Añade Vicente que en otra ocasión le decía Rafael a Juan: ‘si yo tengo treinta años, tú tienes otros treinta’, lo cual pudo oír por encontrarse limpiando junto al señorito Juan, y hablarle a éste, Rafael, a voces. Hay otro hecho que dice Vicente haber observado, y que ratifica su esposa, y es que, tras acudir Juan a una cita con Rafael, regresó al chalé con la camisa rota y sin botones, camisa que tanto él como su esposa recuerdan, principalmente su esposa que tuvo que coserla”.

4) “El administrador, igualmente, manifestó […] que el llamado Mauricio López Roberts y Melgar pidió a Juan, primeramente, seis millones de pesetas, so pretexto de unos negocios que le parecieron infundados y sin justificación alguna, pues tuvo que intervenir, también a petición de Juan, para negar una y otra vez estas cantidades. Es de resaltar aquí la estrecha amistad del citado Mauricio y de su esposa […] con Rafael”.

La teoría del dinero

Mariano Sánchez Soler es un cánido de la información que ha dedicado gran parte de su vida a intentar desvelar los secretos del caso Urquijo. Profundo conocedor del sumario y de otros detalles que a muchos se les escapan, el periodista valenciano publicó en 1989 un destacado trabajo de investigación titulado Los crímenes de la democracia, donde recogió algunos datos que reflejaban una teoría que siempre ha estado presente en la mente de miles de personas: la hipótesis del móvil económico.

Tras la muerte de Manuel de la Sierra y María Lourdes Urquijo, el patrimonio total de la familia ascendía a la sorprendente cifra de 83.295.094 de pesetas con cincuenta céntimos, de los cuales los herederos percibieron la mitad: 41.647.547 de pesetas. Sin embargo, la herencia de los Marqueses de Urquijo era aparentemente mucho más numerosa.

Un informe realizado por la Brigada Regional de Policía Judicial de Madrid y fechado el 11 de septiembre de 1980 señala que Manuel de la Sierra, una vez fallecidos los padres de su mujer, vendió con presteza todas las propiedades que la heredera tenía en Llodio. Las operaciones ascendieron a un total de 204.289.800 de pesetas, que según la citada investigación resultaron estar falseadas, puesto que: “Para evitarse el pago de derechos reales que llevan consigo las citadas ventas ante Notario, se consignaba por cada operación una cantidad más pequeña que la percibida por el Marqués, salvo en determinados casos”. La celeridad de la venta se debió principalmente a la urgencia de transformar los bienes en gananciales con el objeto de evitar posibles problemas en el caso de que la Marquesa sufriera una muerte repentina.

Por otro lado, en el escrito de la partición de los Marqueses tampoco se incluyeron los negocios que Manuel de la Sierra tenía fuera de España. Uno de ellos era la Aseguradora Mundial de Panamá, en la cual el Marqués fue una pieza clave a partir de 1977. Según unos documentos del Ministerio de Hacienda panameño a los que tuvo acceso el periodista Mariano Sánchez Soler, el capital de la Aseguradora ascendía a un millón de dólares. Tras la muerte de su padre, Juan de la Sierra ocupó el puesto de director general de la empresa hasta que la abandonó en 1984.

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Juan Escobedo, ¿Autor del doble asesinato?

Las pesquisas económicas aumentaron. Así, el juez instructor del caso, Luis Román Puerta, solicitó al Banco Urquijo-Hispano de Londres que se pronunciara sobre la existencia de una cuenta bancaria a nombre de la familia Urquijo, y si ésta había sido utilizada por los herederos, el administrador o Javier Anastasio en alguna ocasión. Sin embargo, la petición fue denegada a través de vía Interpol tras el alegato de que era necesaria una comisión rogatoria. “El banco se negó a facilitar los datos y nunca más se supo”, sentencia Mariano Sánchez Soler.

El 17 de julio de 1984, los inspectores José Romero Tamaral y Héctor Moreno realizaron un extenso dossier en el que se trató de enmendar el error que había cometido la Brigada Regional de Policía Judicial cuando desterró la hipótesis financiera de la investigación unos años atrás.

A lo largo del documento, los agentes señalaron que el patrimonio de la familia Urquijo sufrió una fuerte pérdida económica debido a la insistencia de Manuel de la Sierra en mantener un elevado número de acciones en el Banco Urquijo en contra la opinión general, puesto que en palabras del administrador: “Cualquiera podía prever la vertiginosa caída del valor de las acciones”. Según consta en el informe, la decisión del Marqués supuso “una verdadera ruina para la familia; pues llegó a perder unos mil millones de pesetas, y todo ello por su pretensión de mantenerse como consejero en el banco. El documento concluye con algunos datos destacados, entre ellos la hipótesis del despido de Diego Martínez Herrera:

1)Que no es del todo infundado que Diego Martínez Herrera se creyese despedido. La escasa compensación económica del administrador, pese a la extensa actividad, y no siempre agradable, que desarrollaba en su trabajo. Su gran dedicación al servicio del marqués, hasta incluso hacer de enfermero personal”.

2) “Que resulta dudosa en extremo la presencia del señor Herrera en el chalé, el día de autos, cuando es de suponer que debía estar ausente”.

3) “Que es cierta la obstinación del señor marqués en mantener el paquete mayoritario de acciones, y la finalidad perseguida con ello pudo ser desconocida y mal interpretada como una postura de egoísmo personal”.

La Policía realizó sus comprobaciones al respecto, y gracias a una serie de intervenciones que efectuó en la Bolsa de Madrid pudo obtener un certificado que reflejaba las cotizaciones máximas, mínimas y medias de las acciones del Banco Urquijo desde 1966 a 1983. El análisis de esta nueva pista confirmó que la citada entidad había sufrido: “Una caída vertical de la cotización, especialmente en los últimos años que precedieron a los asesinatos, esto es, desde 1973 a 1980”.   

Las consecuencias no se hicieron esperar. El gran número de pérdidas que sufría la que otrora fuera una de las bancas más poderosas de España hizo posible que el Banco Hispano Americano absorbiese la entidad de los Urquijo con la compra de casi la totalidad de las acciones. Así, lo que en un principio iba a ser una fusión se convirtió literalmente en una absorción. Según algunos testimonios, entre ellos el del abogado de Javier Anastasio, Antonio García-Pablos, que recogió el diario ABC el 1 de agosto de 1985: “Manuel de la Sierra se opuso en vida a esa fusión”. Esta, por tanto, se llevó a cabo con el consentimiento de la mayoría.

El 11 de abril de 1985, el Banco Hispano Americano consiguió sanear las cuentas del Banco Urquijo al obtener 50.600 millones de pesetas, que fueron aportados por varias entidades, entre ellas el Fondo de Garantía de Depósitos y el Banco de España.

Irregularidades

Si a día de hoy el caso de los Marqueses de Urquijo esconde en su interior una gran cantidad de puntos oscuros en los que se asientan varias teorías más o menos conspirativas, esto es debido de alguna forma a los fallos que se produjeron durante el transcurso de la investigación.

Para empezar, durante la mañana del 1 de agosto de 1980, el juez y la Policía, amén de realizar un informe y una primera inspección ocular deficientes, también abandonaron los cuerpos de los Marqueses en el lugar del crimen. Este hecho, que resulta un error significativo, sirvió para que el administrador mandase lavar las cabezas de sus señores con agua caliente y quitarles la ropa. Según sus palabras, lo hizo por caridad, con la intención de que estuvieran presentables de cara a la familia. Sin embargo, esta decisión tuvo una consecuencia perjudicial para el desarrollo de la investigación. Así lo reflejaron los doctores que realizaron la autopsia:

“Ambos cadáveres ingresaron sin ropas y lavados, por lo que no se pudo realizar el estudio de los vestidos, manchas de sangre, pruebas de parafina y posibles estigmas de ahumados”.

Además de aquél polémico gesto que posibilitó que algunas pruebas se perdieran para siempre, el administrador también se dedicó a destruir algunos documentos, incluidos los pasaportes de los Marqueses, en compañía de Juan de la Sierra. Esta acción, que impidió conocer algunos datos relevantes sobre los negocios que Manuel de la Sierra tenía fuera de España, sucedió gracias a un nuevo error judicial que no pasó desapercibido para los investigadores: la caja fuerte del chalé no había sido precintada. No obstante, la explicación que ofreció Diego Martínez Herrera fue básica e indiscutible. Tanto él como Juan de la Sierra actuaron en todo momento bajo las órdenes del difunto Marqués de Urquijo.

Tras el entierro de Manuel de la Sierra y María Lourdes Urquijo en el cementerio madrileño de San Justo, donde actualmente descansan los restos de varios artistas y poetas, más de cincuenta personas fueron investigadas en Madrid, Zamora y Llodio en relación con el doble asesinato. Según refleja Mariano Sánchez Soler en su citado libro: “El grupo IX revoloteó muy cerca de la verdad; casi la tuvo en la punta de sus dedos, pero inexplicablemente se alejó hasta perderla”. En concreto, el periodista valenciano se refiere a dos pruebas que no fueron investigadas por la Policía.

En primer lugar, durante las labores de limpieza del inmueble, una de las asistentas encontró un misterioso lazo negro que se encontraba a los pies de la cama de la Marquesa. El mayordomo, sorprendido, decidió entregar el objeto a la Policía, pero justo cuando estaba a punto de caer en las manos del inspector Luis Aguirre Duro, Myriam de la Sierra le detuvo bajo el pretexto de que aquél lazo era de su madre. Sin embargo, según explica Mariano Sánchez Soler en su trabajo, la hija de los Marqueses ha negado la existencia de esta pieza en repetidas ocasiones.

En segundo lugar, la Policía nunca prestó atención a una serie de casquillos, supuestamente del calibre 22, que Juan de la Sierra arrojó al cubo de la basura y que encontró un reconocido periodista de El Caso. Posteriormente, uno de los empleados de la familia los entregó al Gabinete Central de Identificación para su análisis, pero finalmente desaparecieron en el grupo IX de la Brigada Regional de Policía Judicial. El inspector Aguirre argumentó que eran del calibre 7,65 y que no servían. Por el contrario, el propio Juan de la Sierra reconoció en una entrevista que eran del calibre 22 y que los había recogido en el campo cuando era pequeño.

Además de estas dos pruebas, también existió otra que tal vez hubiera podido contribuir a desenmascarar a alguno de los culpables. Y es que durante la inspección ocular, los inspectores de la Brigada Regional de Policía Judicial encontraron cuatro huellas sospechosas en una puerta que se correspondían con una mano derecha. Las pruebas fueron enviadas al Negociado de Lafoscopia para su identificación, pero sorprendentemente fueron archivadas como anónimas.

La detención

Cuatro meses después de los asesinatos, la investigación policial estaba estancada. Sin embargo, la intervención de un agente hasta entonces desconocido provocó un cambio radical que aceleró los acontecimientos en cuestión se semanas. El caso Urquijo estaba a punto de revelar a uno de sus culpables.

Tras la evidencia de que el padre de Rafi, el abogado Miguel Escobedo, había tenido en su poder una pistola Star del calibre 22, el inspector José Romero Tamaral siguió los pasos del hijo del letrado hasta la localidad de Moncalvillo de Huete, en la provincia de Cuenca, donde la familia Escobedo tenía una propiedad. Allí, la Policía encontró 215 casquillos, cuyos análisis determinaron que uno de ellos era idéntico a los cuatro que se habían encontrado en los dormitorios de los Marqueses de Urquijo. De esta manera, Rafael Escobedo se convirtió en el sospechoso principal de los asesinatos. Las reacciones, por tanto, no se hicieron esperar.

La detención de Rafi el 8 de abril de 1981 trajo consigo varios episodios insólitos que aún a día de hoy continúan sin una explicación razonable. Y es que durante las horas siguientes, Javier Anastasio de Espona y el administrador Diego Martínez Herrera realizaron sendos viajes a Londres sin que nunca haya trascendido la causa real de esos desplazamientos tan precipitados.

Según las explicaciones que ofrecieron a la Policía, Javier Anastasio visitó la capital londinense porque había quedado allí con su novia, que era azafata. Sin embargo, una investigación posterior desveló que Patricia Landa, que así se llamaba la mujer, se encontraba aquél día en Lisboa. El 11 de abril, la familia de Javier Anastasio tuvo que viajar a Londres para acompañarle en la vuelta.

Por otra parte, Diego Martínez Herrera aseguró que había viajado a la ciudad del Támesis para cerrar la venta de los hoteles Ritz y Palace a una empresa inglesa tras la proposición del director del Banco de Europa con quien se había encontrado días antes en la calle Cedaceros de Madrid. Ya de nuevo en España, y ante la insistencia de la Policía, el administrador reveló que no recordaba el motivo de su viaje.

Respecto a estos dos extraños desplazamientos, el inspector José Romero Tamaral redactó tres informes en los que se concluyó algunos de los siguientes datos:

“Se significa que, tal y como afirma el jefe de la agencia, el administrador Diego Martínez Herrera solicitó el viaje a últimas horas de la mañana o en la tarde del mismo día 8 de abril, con lo que resulta ser inmediatamente posterior a conocerse la detención de Rafael Escobedo. […] Javier Anastasio y Diego Martínez Herrera coincidieron en Londres durante la fecha del 10 de abril de 1981″.

Una vez detenido, Rafael Escobedo fue conducido hacia los sótanos de la Dirección General de Seguridad, en Madrid, donde el inspector Cayetano Cordero consiguió sacarle una declaración manuscrita casi de inmediato en la que se podía leer: “Yo soy culpable de la muerte de mis suegros, los Marqueses de Urquijo”. Esta confesión llegó a suscitar cierta controversia a lo largo del proceso judicial, ya que el yerno de los Marqueses reveló que varios agentes le habían torturado psicológicamente. Asimismo, el acusado aseguró que durante aquellas horas de incertidumbre le presentaron a su padre esposado y le amenazaron con detener a su madre si no colaboraba.

Así, el 7 de julio de 1983 Rafael Escobedo fue condenado a 53 años de prisión, y unos meses más tarde, el 13 de octubre de 1983, su íntimo amigo Javier Anastasio también fue detenido y acusado como coautor del doble asesinato.

Las casualidades

Todo parecía indicar que la historia estaba prácticamente resuelta. Sin embargo, durante el tiempo que duró la investigación se produjeron algunas casualidades que propiciaron que el caso haya permanecido repleto de secretos. Uno de los ejemplos más relevantes se encuentra en el arma que presuntamente se utilizó para cometer el crimen. Según la declaración que Javier Anastasio realizó ante el juez, Rafi le entregó aquella Star del calibre 22 (junto con otros objetos relacionados con el doble asesinato) para que se deshiciera de ella, lo que hizo arrojándola al pantano de San Juan, situado a más de cincuenta kilómetros de Madrid.

El azar, que a veces actúa de una forma incomprensible y caprichosa, quiso que varios niños que estaban jugando en las inmediaciones del embalse encontraran el arma del delito, que posteriormente fue depositada en el Ayuntamiento de Pelayos de la Presa. No obstante, al igual que apareció volvió a desaparecer. De esta manera, cuando los agentes fueron a reclamarla, una de las pruebas más importantes del caso Urquijo ya no se encontraba en aquél lugar. Oficialmente se había perdido.

Además de la pistola, los 215 casquillos que la Policía encontró en la finca de Cuenca, las cuatro vainas que aparecieron en el lugar del crimen, e incluso la cuartilla manuscrita con la confesión de Rafael Escobedo también desaparecieron sin dejar rastro. Respecto a los casquillos, la explicación que ofreció el inspector José Romero Tamaral fue que estos fueron sustraídos del Juzgado de Instrucción Número 16 por un grupo de seis personas que afirmaron ser inspectores de policía. La desaparición de las pruebas de convicción sirvió para que el prestigioso abogado de Rafi, José María Stampa Braun, solicitara la anulación del juicio en varias ocasiones.

Por su parte, Javier Anastasio también desapareció. Fue el 30 de diciembre de 1987 cuando, justo un mes antes de la fecha prevista para el comienzo del juicio oral, decidió escapar de la Justicia y emprender una elaborada fuga internacional mientras aprovechaba un permiso penitenciario. El cómplice de Rafael Escobedo había permanecido más de tres años en prisión preventiva.

A partir de ese momento, las autoridades españolas le persiguieron sin éxito durante varias décadas, pero nunca lograron encontrarle. Sin embargo, el periodista Jesús Quintero sí que lo hizo para una entrevista que tuvo lugar en la isla de Buzios, en Brasil, a finales de 1990. El propio Anastasio aseguraba unos años después que mientras estuvo en España, la Justicia nunca tuvo interés en detenerle. Así lo expresaba en unas declaraciones para la revista Vanity Fair en 2010:

P —¿Siempre pensó en desaparecer?

R —No, de hecho estuve nueve meses esperando, desde que salí de la prisión preventiva hasta que se fijó la última fecha para mi juicio. Estaba en España, firmaba en los juzgados y, aunque salía alguna vez a Francia, no me fugaba. Pero empezaron, desde mi punto de vista, a darme avisos indirectos para que me fuera: primero me devolvieron el pasaporte, después me dijeron que no hacía falta que fuera a firmar todas las semanas, que podía ir cada quince días o cada mes. El juicio no paraba de retrasarse.

Además de estas declaraciones, Javier Anastasio aprovechó la citada entrevista para atacar a Juan de la Sierra. El cómplice de Rafael Escobedo todavía seguía convencido de que el heredero de la familia Urquijo mintió cuando confesó que durante la noche del crimen se encontraba en Londres.

“Hay cinco cosas que desmontan su tesis. […] La primera: ninguno de los periodistas que le esperaban en el aeropuerto lo vio llegar. La segunda: cuando el juez le pidió el billete de avión y el pasaporte, Juan recurrió la petición y se negó a ofrecer esos datos. Acabó diciendo que había viajado en un vuelo de Iberia. Mi abogado consiguió la lista de pasajeros y él no figuraba en ella. Interrogamos a las 135 personas del avión y nadie lo recordaba. Tampoco la tripulación. Tercero: durante el juicio, el confesor de la marquesa confirmó que había hablado por teléfono con Juan por la mañana y que ya estaba en España. Cuarto: un empresario de un conocido restaurante madrileño le contó a mi abogado que, dos días antes de los hechos, Juan y su padre estaban cenando en su local. Quinto: aquella noche Rafi me dijo que le acercara a casa de los marqueses porque había quedado con Juan”.

Sobre esta última cuestión, el padre de Javier Anastasio también relató una supuesta conversación que tuvo lugar entre Rafael Escobedo y su hijo durante aquél día oscuro de 1980: “Rafi le dijo a Javier que iba a Somosaguas porque había quedado allí con Juan. Mi hijo insistió: Pero si Juan está en Londres. Y Rafi añadió: No, no, he quedado con Juan”. Posteriormente, cuando el joven Escobedo fue detenido, éste confesó a la Policía: “Me estaban esperando dentro del chalé. Eran tres, y entre ellos una mujer, pero no os diré sus nombres”.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por intentar demostrar estas hipotéticas contradicciones, las declaraciones de Rafael Eacobedo revelaron que su íntimo amigo estuvo implicado en el crimen: no sólo llevó a Rafi al chalé de Somosaguas durante la noche de autos y se deshizo de las pruebas del delito, sino que, además, según sostiene el periodista Matías Antolín, participó en los asesinatos.

Por su parte, el mayordomo de la familia también declaró que Javier Anastasio continuó visitando el chalé número 27 del Camino Viejo de Húmera en compañía de Rafi, incluso una vez que éste fue detenido por la Policía. Allí, según las confesiones de Escobedo, Juan de la Sierra, ya convertido en el sexto Marqués de Urquijo, celebraba grandes fiestas en las que el sexo, el alcohol y el desenfreno eran los protagonistas indiscutibles.

¿Un final inesperado?

El 27 de julio de 1988 sucedió un acontecimiento que pocos esperaban, a pesar de que el protagonista principal ya lo había anunciado en varias ocasiones. Ese día, los responsables de la prisión de El Dueso, en Cantabria, se encontraron el cuerpo sin vida de Rafael Escobedo colgado de una sábana en el interior de su celda. Aparentemente se había suicidado. Sin embargo, la muerte del yerno de los Marqueses de Urquijo es un hecho repleto de polémica.

Mariano Sánchez Soler aseguró en el programa radiofónico La Quinta Esfera que algunas evidencias típicas de la muerte por asfixia, como por ejemplo la ruptura de las cervicales, no estaban presentes en el cadáver. Además, el periodista valenciano puntualizó que los pies de Rafi podían tocar el borde de una de las camas en todo momento; es decir, que si se hubiera arrepentido podría haber evitado la muerte. Eso, en el caso de que todavía estuviera consciente.

Tras un primer reconocimiento en el que se consolidó la hipótesis de la muerte por asfixia, las vísceras de Rafael Escobedo fueron enviadas al Instituto Nacional de Toxicología de Madrid. Unos días después, el laboratorio remitió un informe en el que confirmaba un dato inquietante que al parecer había pasado desapercibido en el primer estudio: el hallazgo de catorce miligramos de cianuro en los pulmones. El veneno, por tanto, se había introducido por vía aérea.

A partir de ese instante, el último abogado que Rafael Escobedo tuvo en vida, Marcos García Montes, solicitó una nueva investigación que aportó nuevos datos que refrendaron la evidencia del envenenamiento. Así, el psiquiatra forense José Antonio García Andrade y el especialista en Anatomía Patológica, Mariano Pérez Folguera, elaboraron un informe en el que concluyeron que el cuerpo no presentaba convulsiones. Según este estudio, Rafael Escobedo ya estaba muerto cuando alguien lo colgó de la sábana:

“El hallazgo del cianuro, sobre todo a nivel pulmonar, parece muy definitivo teniéndose además en cuenta que la dosis de catorce miligramos por kilo de pulmón es evidente que es una dosis excesivamente elevada como para atribuírsela a fenómenos cadavéricos de descomposición. […] Si se descarta también la muerte por suspensión, ya que los signos vitales de ahorcadura no aparecen, necesariamente ha de pensarse en una causa de origen tóxico”.

Este hecho motivó que muchas personas se plantearan la cuestión de si el yerno de los Marqueses de Urquijo murió asesinado o en cambio se trató de un suicidio consentido. Según Marcos García Montes, su cliente no tenía la capacidad psicológica suficiente para este tipo de muerte, aunque por otra parte llegó a plantear la cuestión de forma muy diáfana en la última entrevista que mantuvo con el periodista Jesús Quintero dos semanas antes de desaparecer:

“Es que ya no soy nada. Lo único que me falta ya para terminar es la cajita con la crucecita encima. Lo demás prácticamente lo han conseguido todo”.

La culpabilidad de Rafael Escobedo en el crimen es un hecho demostrado. Sin embargo, la mayoría de los investigadores coinciden en que no fue la única persona que estuvo presente durante la noche del crimen en el chalé de Somosaguas. El periodista Francisco Pérez Abellán aseguró que los disparos que se efectuaron aquella madrugada fueron distintos. El disparo que terminó con la vida del Marqués fue efectuado de una forma fácil, casi cobarde, mientras que aquellos que terminaron con la vida de la señora fueron ejecutados con una gran maestría. Esta teoría también fue destacada en el informe de la autopsia que reveló el ánimo profesionalizado de los asesinos. La pregunta seguía en el aire: ¿Quién había asesinado a los Marqueses de Urquijo?

Solo o en compañía de otros

El 23 de marzo de 1982, el inspector José Romero Tamaral presentó un polémico informe por el que estuvo a punto de ser expedientado por parte del juez instructor Luis Román Puerta. En este documento, que ha pasado a la historia de la criminología española, el inspector del caso Urquijo concluyó de forma determinante que los hijos de los Marqueses y el administrador no eran ajenos al asesinato de Manuel de la Sierra y María Lourdes Urquijo.

“En la medida que no es razonable que herederos y administrador ocultasen lo grave e importante y dijeran lo vano, lo fútil y lo falso, siendo ajenos a los crímenes, cabe afirmar como conclusión, que no lo son y que su propósito era desorientar la investigación, lo que, al parecer, consiguieron a lo largo de ocho meses”.

Los argumentos de José Romero Tamaral estaban relacionados con múltiples situaciones en las que los declarantes, según su propia perspectiva, habían ocultado la verdad y entorpecido la labor de los investigadores. Uno de los ejemplos se encuentra en unas declaraciones de Diego Martínez Herrera, en las que manifestó que un sacerdote del País Vasco le había advertido de que el Marqués estaba amenazado por la banda terrorista ETA. El informe del inspector concluye a este respecto: “En cuanto a las advertencias del cura párroco de Llodio, en que las concreta el administrador, queda claro que no existieron tales advertencias ni, por ende, las amenazas a la vista de lo que informa la Comisaría Provincial de Vitoria, de la que se recabaron gestiones telefónicamente”.

Por otra parte, Mauricio López Roberts, marqués de Torrehermosa e íntimo amigo de Rafael Escobedo, publicó un polémico libro junto con el periodista Jimmy Giménez Arnau titulado Las malas compañías, en el cual se redactaron unas líneas que finalmente no fueron incluidas en la edición final. En ellas, los autores relataron que a mediados de septiembre de 1981, Mauricio López Roberts mantuvo una conversación con el inspector Cayetano Cordero en la Dirección General de Seguridad en la que el primero hizo unas controvertidas declaraciones sobre una información secreta que le había revelado Rafael Escobedo. Sin embargo, el jefe del grupo V de la Policía decidió “romperlas para no meterlo en un lío”.

Estas fueron las polémicas declaraciones que el marqués de Torrehermosa repitió en el juzgado de Plaza de Castilla el 7 de octubre de 1983 y que formaron parte del segundo sumario del caso Urquijo:

“Por razón de su amistad con Rafael Escobedo tuvo algunas confidencias del mismo sobre la muerte de sus suegros, manifestándole en alguna ocasión que ‘cuando les matamos’, sin que le dijera quiénes fueron, salvo que les comentó que había ido Javier Anastasio entre ellos, que Javier se había quemado en un brazo el día de autos; que a la suegra la habían matado por error y que al dispararle al cuello cuando tenía la cabeza girada, surtió un chorro de sangre; que en la comisión de los hechos utilizaron una pistola propiedad del padre de Rafael; que la pistola envuelta en trapos la tiró en el pantano de San Juan; el declarante deduce que el autor de los disparos no precisaba ser ningún experto en armas. Sobre las otras personas, sólo sabe lo que le dijo Rafael, que habían estado él y Javier, y que eran cuatro personas”.

En discrepancia con estas dos versiones, el periodista Matías Antolín afirmó en un programa de televisión presentado por Jesús Quintero que los únicos culpables del doble crimen fueron Rafael Escobedo y Javier Anastasio. Incluso, llegó a manifestar que el propio Rafi, con quien había entablado una íntima relación de amistad en sus últimos años de vida, le confesó que él mismo había asesinado a sus dos suegros aquella noche de alcohol, drogas y sangre; algo que resquebrajaba la hipótesis de que la Marquesa había fallecido del disparo de un tirador experto:

[Los periodistas] han involucrado a mi amigo Mauricio López Roberts Melgar y a mi padre porque dicen que son cazadores. Pregúntales si hemos matado a Kennedy o hemos matado a dos personas a diez centímetros mientras estaban durmiendo los dos. […] Si me ha salido un tiro de cazador ha sido de chiripa”.

Ya han pasado treinta y tres años desde que se cometieron los crímenes y nadie parece estar dispuesto a hablar más de lo estrictamente necesario. A fin de cuentas, como señaló Mariano Sánchez Soler en La Quinta Esfera: “El tiempo siempre va a favor del olvido”. Rafael Escobedo fue condenado y murió; Javier Anastasio fue procesado y se fugó, y un tercero, Mauricio López Roberts, fue condenado a diez años de prisión por un delito de encubrimiento. Según lo expuesto, ¿Rafael Escobedo fue víctima o verdugo? Tal vez sea éste uno de los mayores enigmas del caso Urquijo.

Hasta que el misterio se resuelva, si es que algún día lo hace, la sociedad tendrá que conformarse con aquella mítica frase que acuñó el juez Bienvenido Guevara con letras de incertidumbre en la mente de miles de españoles; una cita que en el fondo representa las numerosas dudas y recovecos que tuvo la investigación. Solo o en compañía de otros. Así fue el crimen de los Marqueses de Urquijo.

AGRADECIMIENTOS: Al escritor y periodista Mariano Sánchez Soler por la entrevista que hizo posible este reportaje. Sin su ayuda habría sido muy difícil llegar hasta el final. Gracias.

 

Publicado por el día 12/03/2014 | Sin comentarios

 

 

 


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