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Fenómenos extraños en el cementerio de San Miguel

4 de Mayo de 2005. Más de quince personas se congregaron frente a un discreto y humilde panteón del cementerio malagueño de San Miguel, ubicado en la barriada de Fuente Olletas, en Málaga. Un pequeño módulo vertical, una fotografía impresa en el mármol y una placa donde reza “Jane Bowles, Nueva York 1917 – Málaga 1973”  conforman el sencillo enterramiento. La mayor parte de los presentes son familiares, amigos o lectores de la desaparecida escritora norteamericana

Nota aclaratoria: El presente artículo fue escrito el día 3 de mayo de 2006 por José Manuel Frías.

A eso de las cinco de la tarde, los congregados en la necrópolis encendieron velas en su memoria y colocaron junto a su tumba numerosas flores. A pesar del tiempo que ha transcurrido desde su muerte, parece claro que la figura de la gringa permanece impresa en la memoria de sus admiradores y seres allegados.

De pronto, uno de los allí reunidos levanta la vista y queda sin habla. Entre el grupo, en el cual todos se conocen entre sí, hay un personaje más. Es una mujer vestida de luto, y su rostro es extrañamente parecido con el de la fallecida literata. Tanto es así, que el asombrado señor tuvo que mirar el mármol con su fotografía, como si no conociera bien de por sí la imagen de su admirada escritora.

Tras unos momentos de desconcierto, golpea con su codo a los que están a su lado, y estos miran igualmente a la mujer vestida de negro desde la corta distancia que los separa. La mirada de la señora parece perdida, enfocada en tal caso hacia la zona del panteón. Nadie sabe como reaccionar, ni quieren alertar a todo el mundo por si se tratara de una falsa alarma.

Antes de que nadie pudiera hacer nada por verificar la identidad de la mujer, ésta se vuelve y dobla la esquina de un panteón de gran tamaño, que lleva a la zona de enterramiento de los escritores y artistas malagueños. Cuando varios de los testigos se dan cuentan de lo que ha pasado, rodean la zona por diferentes lugares.

Desgraciadamente, aquella mujer ha desaparecido sin dejar rastro. Parece haberse esfumado, ya que no había posibilidad de escapatoria ante el cerco producido.

Cuando se corre la voz, los más veteranos, aquellos que suelen visitar cada año la tumba de Jane Bowles, responden impasibles: “Nos os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece”.

El retorno de Bowles

Los primeros en descubrir los fenómenos relacionados con la escritora Jane fueron José Fernández, encargado de la capilla del cementerio, y los vigilantes de seguridad, que a partir de un determinado día, que coincide con la construcción del actual monumento funerario, y una vez cerrada la puerta de la necrópolis, ven pasear a una señora de aspecto extravagante, por las inmediaciones de la tumba de Bowles.

Este suceso durante las horas de público no hubiera sido extraño, ya que la escritora era poseedora de un gran círculo de amigos de varios países. Pero además de lo extraño de la hora, resultaba curioso que la dama estuviera todos los días con la misma vestimenta, en el mismo punto de ubicación (la tumba de Jane), y en la misma actitud contemplativa.

Esa misma actitud es la que llevó a los vigilantes a no acercarse en un principio a la extraña mujer, ya que temían romper algún tipo de oración en honor a la difunta. Pero cuando posteriormente intentaban mantener contacto con la señora para identificar sus objetivos, ésta parecía desaparecer tras una esquina una vez que el vigilante de turno alcanzaba la zona de la tumba.

La imposibilidad de escapar en tan escasos segundos comenzó a resultar para José Fernández y los vigilantes un asunto de escasa explicación racional, lo que hizo que estuvieran más atentos para las siguientes ocasiones, llegando a acercarse lo suficiente para identificar en el rostro de la visitante a la misma Jane Bowles, rostro que todos conocían a través de la imagen de su lápida.

Interferencia telefónica

Pero no es este el único caso de sucesos anómalos en la necrópolis de San Miguel, ya que son numerosas las circunstancias anómalas que tienen lugar entre sus muros, siendo los vigilantes de seguridad los testigos más frecuentes de tales manifestaciones, debido a su permanencia en horas nocturnas.

Un caso realmente impresionante es el vivido por J.R.G., persona poco creyente en estos temas, y que a pesar de ello, vivió en el cementerio una de las experiencias más aterradora de su existencia. Recordemos que los vigilantes suelen hacer 3 o 4 rondas por el interior del recinto a lo largo del turno durante la noche. Pues resulta que nuestro testigo llegó aquella noche a su puesto de trabajo, penetró en la cabina de descanso, ubicada en los exteriores, para esperar a que le tocara la primera vuelta, y mientras tanto, como acostumbraba a hacer casi siempre, llamó a su esposa a casa para saludarla.

Mientras hablaban pausadamente, J.R.G. escuchó de fondo una voz masculina, que articulaba palabras inconexas. Su primera reacción fue de ira, ya que pensaba que su mujer le estaba siendo infiel. Pero cuando preguntó quien estaba con ella, su esposa intentó tranquilizarlo, explicando que se encontraba completamente sola.

Nuestro testigo se calmó al fin, pero mientras seguían hablando, la comunicación se cortó con un sonido de interferencia, se dejó de escuchar la voz de su esposa, para dar paso a una voz masculina, muy fuerte y cavernosa, casi metálica, que dijo “!Dentro te espero!“. De nuevo se escuchó la interferencia y acto seguido la voz de su mujer preguntando qué había ocurrido, ya que se habían dejado de escuchar durante breves segundos.

Como era de esperar, aquella noche el vigilante no realizó ninguna ronda por el interior del cementerio, y poco tiempo después pidió el cambio de turno, ya que no podía aguantar la presión psicológica que aquella vivencia le causó.

Percepciones anómalas del equipo de seguridad

P.D.E. es otro de los antiguos vigilantes que ha pasado largas noches en el recinto. Tanto él como su compañero de servicio, afirman haber sentido pasos extraños sin origen definido, así como voces o murmullos que no alcanzaron a identificar. Han pasado miedo, sí, pero ese es su trabajo y tienen que enfrentarse a veces a situaciones tan adversas como estas.

En una de estas ocasiones, el compañero, medio en broma, pidió una señal a voz en grito, y justo en ese momento, P.D.E. sintió un profundo pitido en el oído, que le dejó sordo por unos minutos. Desde aquel entonces, ambos se toman con respeto estos temas, e intentan hacer su trabajo pasando lo más desapercibidos posible, a lo que ellos consideran fuerzas de otros mundos.

Pero a pesar de eso, han vivido otras experiencias que además, se han repetido en días diferentes, e incluso varias veces en la misma noche, y que siempre guardan el mismo patrón de comportamiento. Mientras se encontraban en la sala de descanso, escuchaban como una losa de nicho caía al suelo haciéndose añicos.

Entraban preocupados pero sin lograr encontrar la destrozada piedra. Curiosamente, a los pocos minutos de volver a la sala, el fuerte sonido volvía a hacerse presente, sin que tampoco dieran con el origen del mismo.

En otras ocasiones, les sucedió lo mismo, pero en este caso realizando rondas internas, pero en ningún momento, ni incluso al despuntar el alba, lograron encontrar ninguna piedra o losa rota en el suelo. Algo que les dio mucho que pensar….

Visitante del cementerio

En cierta ocasión, durante una de mis visitas a la necrópolis, coincidí con una señora anciana asidua del lugar, puesto que un familiar suyo reposa allí y gusta de ir a colocarlo velas de manera frecuente. Esta buena mujer, temblorosa y casi con lágrimas en los ojos, decidió contarme una curiosa vivencia a la que se enfrentó hace años.

La señora, casi todas las veces que se acercaba al camposanto, decidía comenzar y terminar su visita realizando una oración a Dios, para lo cual se adentraba en la capilla del cementerio, y desde uno de los bancos, lanzaba su misiva a los cielos.

Todo sucedió durante uno de esos momentos de recogimiento, ya que estando de manera contemplativa en el ultimo banco de la pequeña iglesia, pudo advertir pasos resonando en la forma cónica de la sala, cuyo ángulo formaba ecos profundos. Pero no solo eso, sino que también llegó a percibir golpes en las paredes, así como el fuerte crujir de los enseres presentes.

Aunque en un principio intentó convencerse de que eran sonidos de origen natural, llegó un momento en el cual desistió de tal empresa, ya que observó asombrada de qué manera uno de los primero bancos, como empujado por una mano invisible, se arrastro casi un metro por el suelo, cambiando su posición inicial sin que nadie más que ella se encontrara en la sala.

Tal es el peso de los bancos, que tuvo que ser colocado en su posición original por dos vigilantes de seguridad. Fenómenos sin duda de difícil explicación racional.

Voces en la noche

Otro de los casos más populares de cuantos se dan cita en el cementerio es el vivido por el encargado de la capilla, José Fernández. En el mes de Noviembre del año 1985, y debido a unas obras de reforma que estaba llevando a cabo en su casa, tuvo la necesidad de pasar algunas noches en el interior de la propia capilla, en una pequeña pero acogedora celda. Se encontraba bastante tranquilo, a eso de las dos de la madrugada, “rezando víspera” en mitad de una oración.

En un determinado momento siente el impulso de salir a rezar al exterior. La costumbre era hacerlo dentro de la propia celda, pero aquella noche siente la necesidad de ir fuera, como si algo lo atrajera de forma irrefrenable.

En el silencio de la noche, solo roto por algún que otro sonido lejano del crujir de ramas, o el grito de algún ave en la lejanía, pudo ser testigo de un fenómeno inaudito. Sus oídos captaron lo que él identificó como el lamento desolado de un niño de corta edad. Al prestar más atención, descubrió que pronunciaba unas palabras, y estas eran “!mamá, mamá!”.

Su seguridad era total al advertir que no pudo confundir aquel sonido con el llanto de algún animal o por algún eco distorsionado por el aire. Prueba de esto es que el Hermano Pepe fue siguiendo el sonido de la misteriosa voz, hasta poder ubicarlo en el interior de un nicho determinado, de donde provenían sin lugar a dudas los lamentos.

Al día siguiente, y una vez consultados los libros de defunciones del archivo de la necrópolis, pudo descubrir con asombro como en aquel nicho reposaban los restos de un niño fallecido con dos años de edad, Antoñito, que había muerto de leucemia, después de una larga y dolorosa enfermedad.

A partir de ese momento el fenómeno ha repetido con asiduidad, a distintas horas y con diferentes variantes. Existen otras manifestaciones extrañas que van más allá de una simple voz gimiente. José Fernández ha sido testigo en diversas ocasiones, de cómo un niño de corta edad entraba corriendo en la capilla, en horas en las que el cementerio estaba cerrado al público.  Era como una visión confusa, ya que pasaba a gran velocidad, y al momento de girarse para ver la silueta al completo, la imagen desaparecía de manera repentina.

Un ente popular

También ha sido visto a los lejos en diversos lugares del camposanto, y en algunas ocasiones se encontraba ataviado con unas vestimentas blancas y vaporosas, estando sus pies por encima del nivel del suelo, como flotando en el aire. De esta manera, el José Fernández afirma convencido que el niño esta intentando manifestarse y hacerse ver, aunque de una forma muy sutil.

Otra de las cosas sin explicación a la que se ha enfrentado nuestro principal testigo, e incluso algunos vigilantes de seguridad, es la siguiente. Muchos los visitantes del cementerio, tras conocer el suceso, se han desplazado al lugar para dejar en su nicho caramelos y cartones de leche, como un presente para el pequeño fallecido. De manera misteriosa, y en muchas ocasiones con el cementerio cerrado, han desaparecido los caramelos, o han aparecido con el envoltorio quitado, e incluso mordisqueados por pequeños dientes.

Con los cartones de leche y botellas de agua sucede prácticamente lo mismo, ya que en breves instantes, algunos testigos han podido apreciar que el nivel del liquido se hacía menor a una velocidad que dejaba de lado la teoría de la evaporación.

El caso es que durante los 365 días del año, son decenas y decenas los juguetes y prendas infantiles que rebosan el nicho de Antoñito. Tanto es así, que el Hermano Pepe ha de vaciar mensualmente el lugar, llenando grandes bolsas, que van a parar a asociaciones de niños pobres. Incluso, algunos de los visitantes afirman que sus hijos enfermos han logrado mejoras sorprendentes con la simple colocación de alguna prenda de ellos junto al nicho. Sea o no cierto, el caso es que la opinión popular parece haberse hecho eco del suceso, y son numerosas las peregrinaciones al lugar, así como la inacabable procesión de velas encendidas.

La pequeña Maria Marta y los pasos de don Elíseo

Si penetramos en el camino principal, y pasamos al segundo patio de nichos, dirigiéndonos a la esquina superior derecha, encontramos uno de los típicos rincones de habitual enterramiento de niños y fetos. Allí descansan los restos de la pequeña Maria Marta, niña fallecida a los pocos años de nacer en accidente de coche.

Curiosamente, su muerte dio paso a una leyenda de desconocido origen, que nos habla de la intercepción de la niña en los casos de crisis matrimoniales y de parejas. Si nos acercamos a ese lugar, vemos al igual que en el nicho del niño, que la historia ha hecho mella entre los visitantes, ya que el sitio está igualmente lleno de juguetes, pero con la diferencia de que en este abundan las cartas de personas pidiendo que se solucionen sus problemas de pareja.

Entre los testigos que han podido visualizar algo fuera de lo común, se encuentra el propio José Fernández y algunos vigilantes de seguridad, que en horas de clausura del cementerio afirman haber visto en el rincón, el cuerpo semitransparente e inerte de una niña.

Hace ya varias décadas, existió un párroco encargado de llevar a cabo los actos eclesiásticos en la capilla de San Miguel. Su nombre era Don Elíseo, hombre de rectas actitudes, agrio carácter y comportamientos esquivos y reservados. Murió después de varios años al servicio del camposanto, allá por el mes de enero del año  1946.

Hoy día, existen personas que afirman haber observado el caminar de un hombre mayor ataviado de hábitos monacales, por entre los panteones. Muy pocos sabían que el único mortal con túnica del lugar, era el Hermano Pepe. Así que cuando este recibía la noticia, quedaba sorprendido, ya que la descripción de aquel misterioso señor se correspondía perfectamente con la de Don Elíseo.

 

Publicado por el día 03/05/2006 | 84 comentarios

 

 

 


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