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¿Solo o en compañía de otros? Una aproximación al caso del asesinato de los Marqueses de Urquijo a través de la historia

Madrugada del 31 al 1 de agosto de 1980. Manuel de la Sierra y su esposa Lourdes Urquijo duermen plácidamente en un lujoso chalet situado a las afueras de Madrid. Todo parece normal, o casi normal, hasta que el ruido de unos cristales rotos altera el silencio de la noche. De repente, los pasillos y las estancias del lugar se cubren de un silencio asfixiante y extraño mientras que alguien, tal vez una sombra, penetra en el interior del edificio

El comienzo

Así da comienzo la historia oficial de un crimen. A la mañana siguiente, la noticia causó un gran revuelo entre los ciudadanos madrileños que se despertaban para encarar un nuevo día de trabajo. Parecía increíble, pero allá en una finca de Somosaguas habían aparecido los cuerpos de dos personas ilustres cosidos a tiros. El asombro se convirtió en interés y a los pocos días España entera era testigo indirecto de un asesinato. Todos querían opinar. Todos querían convertirse por unos instantes en investigadores del cruel destino de dos personas que tenían nombre de banco: los marqueses de Urquijo.

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Fachada del chalet donde se cometieron los asesinatos

Como es habitual en la mayor parte de estos casos, existen varias maneras de entender un mismo hecho. Sobre todo si, como sucede en este episodio, la sombra de la sospecha planea sobre algunos de los detalles relacionados con el resultado de la investigación. En este artículo intentaremos esgrimir las distintas versiones del suceso para que ustedes escojan aquella que más les llama la atención. No obstante, advertimos desde el principio que en esta historia no existe un color determinante. Pronto comprenderán que en el crimen de los marqueses de Urquijo no todo es blanco o negro, sino que como veremos a continuación, el caso se compone de una gran gama de grises. Pero comencemos por el principio.

Para aquellos investigadores e interesados que defienden la versión oficial de los hechos, el asesinato de Manuel de la Sierra y Torres, de 55 años, y de su esposa María Lourdes Urquijo y Morenés, de 45, sería una especie de crónica de una muerte anunciada. Y es que para estas personas la génesis de todos los males se encuentra en el año 1978, cuando Myriam de la Sierra, la hija primogénita de los marqueses, contrajo matrimonio eclesiástico con Rafael Escobedo Alday, un jovencito de familia acomodada venida a menos que había abandonado recientemente sus estudios de Derecho. Tal vez por esta diferencia de clases, el matrimonio nunca estuvo bien visto por los ojos del marqués; algo que resulta paradójico, ya que a Manuel de la Sierra también le sucedió algo parecido cuando se casó en 1954 con Lourdes Urquijo, a quien sus familiares pretendían juntar con una de las familias más importantes del momento: los Güell.

A pesar de estos primeros enfrentamientos, Myriam de la Sierra y Rafael Escobedo estuvieron viviendo durante una temporada en el chalet de Somosaguas hasta que los continuos problemas en la convivencia allanaron el camino hacia el traslado. De esta manera, la pareja de recién casados se marchó a vivir a un piso situado en la calle de Orense, en Madrid, donde llegaron a sufrir diversos apuros económicos sin que el marqués hiciera nada para remediar esta situación. Sin embargo, la ruptura no sólo se produjo debido a las circunstancias económicas. Al menos esto es lo que ha manifestado recientemente la propia Myriam de la Sierra con la publicación de un libro autobiográfico titulado: ¿Por qué me pasó a mí?

“Discutíamos con frecuencia y casi siempre por el mismo tema: si estábamos tan mal económicamente era por culpa de mis padres. Él no trabajaba ni estudiaba y yo estaba cansada de esa situación. Recuerdo perfectamente que estábamos alrededor de la mesa del comedor y que, furioso, empezó a gritarme y me dijo: ‘tengo un plan preparado y voy a cargarme a tu familia”.

Sea como fuere, el caso es que durante la Semana Santa de 1979, la hija de los marqueses de Urquijo comenzó una nueva relación sentimental con Richard Dennis Rew, un ciudadano estadounidense afincado en España que era conocido por el sobrenombre de Dick el americano.

Y aquí viene, según los defensores de la versión oficial y a razón de las declaraciones antes citadas de Myriam de la Sierra, el verdadero móvil del crimen. Rafael Escobedo, sumido en un sentimiento de ira y venganza por su reciente ruptura matrimonial habría asesinado a los marqueses de Urquijo. Razones, según la investigación policial, no le faltaban, ya que Rafael Escobedo tuvo constancia de que Manuel de la Sierra además de la consabida animadversión que tenía hacia su persona, había alentado y financiado económicamente la demanda de nulidad eclesiástica del matrimonio presentada por Myriam de la Sierra tras la separación.

El asesinato

Así las cosas, durante la madrugada del 31 de julio al 1 de agosto de 1980 se produjo lo impensable. Esa noche, según relata el periodista y criminólogo Francisco Pérez Abellán en uno de sus artículos, tres sombras penetraron en el lujoso chalet de Somosaguas. Tras burlar con éxito los primeros obstáculos que les separaban de las estancias superiores donde se encontraban las habitaciones principales, los intrusos se dirigieron hacia el dormitorio de Manuel de la Sierra, donde uno de ellos se acercó sigilosamente a la cama y tras colocar el silenciador sobre el cañón de una pistola, disparó un tiro directo a la cabeza del marqués.

El ruido que se acababa de producir en la habitación contigua debió de alterar el sueño de la marquesa, que según reflejan las crónicas se despertó sobresaltada para llamar a su marido. Durante aquellas fechas, Lourdes Urquijo estaba enferma. Padecía unos problemas relacionados con el trastorno del lenguaje que no fueron obstáculo para entender en apenas unas décimas de segundo que algo no marchaba bien dentro de su casa. De inmediato, dos balas fatales rasgaron con precisión el silencio de la noche y terminaron en un instante con la vida de la heredera de la familia Urquijo. No había duda, la marquesa se había despertado en el peor de los momentos posibles, ya que según reflejan algunos datos de la investigación, el objetivo principal hacía unos segundos que estaba muerto.

Durante los días sucesivos prácticamente todos los ciudadanos madrileños, y por ende los del resto de España, empezaron a tener constancia del triste suceso que había ocurrido en el Viejo Camino de Húmera. La Brigada Judicial de Madrid se hizo cargo desde el principio del caso, pero fue la intervención de un inspector hasta entonces anónimo lo que provocó un cambio radical en una investigación que ocho meses más tarde se encontraba estancada. José Romero Tamaral fue quien siguió por su cuenta y riesgo una serie de pistas que le llevaron hasta una finca perteneciente a la localidad de Moncalvillo de Huete, en Cuenca, que era propiedad de la familia Escobedo, donde la policía encontró más de doscientos casquillos, uno de ellos al parecer idéntico a los cuatro que se encontraron en los dormitorios de los marqueses. De esta manera, Rafael Escobedo se convirtió de forma inmediata en el principal sospechoso de los asesinatos. Las reacciones, por tanto, no se hicieron esperar.

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Rafael Escobedo, que posteriormente se ahorcó en su celda

El 8 de abril de 1981, tan solo unas horas después de aquél hallazgo tan decisivo en la provincia de Cuenca, Rafael Escobedo era detenido. Además, al día siguiente se iba a producir uno de los episodios que aún a día de hoy continúa sin una explicación lógica. Y es que no es casualidad que en este punto de la historia aparezcan en escena dos nuevos personajes que darían mucho que hablar en los años sucesivos: Javier Anastasio de Espona, amigo íntimo de Rafael Escobedo, y Diego Martínez Herrera, el administrador de los Urquijo. Estas dos personas realizaron sendos viajes a Londres tan sólo unas horas después de la detención de Rafael Escobedo por la policía. El problema se encuentra a la hora de determinar por qué lo hicieron, ya que la naturaleza de aquél viaje todavía sigue hoy rodeado entre las brumas del Misterio, a no ser que en realidad aquél viaje hubiera sido un proyecto frustrado de fuga, algo que Javier Anastasio siempre ha negado. Pero vayamos por partes.

Rafael Escobedo fue conducido hasta los calabozos de la Puerta del Sol, en Madrid, donde según se cuenta fue despojado de toda su ropa y obligado a hacer ejercicios físicos mientras un grupo de varios agentes se mofaba de él; una técnica que se conoce como la tortura siciliana y que en la actualidad hubiera supuesto la apertura de un proceso judicial en contra de aquellos policías por tratarse de un método de tortura. Además, el propio Rafael Escobedo relataría años más tarde que si finalmente llegó a confesar su culpabilidad fue porque los agentes le presentaron a su padre esposado y seguidamente le amenazaron con detener a su madre; algo que le derrumbó psicológicamente. Así, el 7 de julio de 1983, Rafael Escobedo fue condenado a 53 años de prisión por la muerte de los marqueses de Urquijo. Una condena que estuvo acompañada con una medida de indemnización por la que Escobedo tenía que pagar veinte millones de pesetas (120.000 euros) a Myriam y Juan de la Sierra, los hijos de los marqueses. Además, Javier Anastasio también fue detenido y acusado como presunto coautor del crimen, aunque su destino iba a ser muy diferente al de su amigo Rafi.

Una nueva hipótesis

Pero… ¿Qué pasaría si el crimen de los marqueses de Urquijo no se hubiera producido por un motivo pasional? ¿Y si hubiera alguna oscura razón que nunca nos han contado? Llegados a este punto, me gustaría hacer un breve inciso para presentarles a una persona que seguro que no les dejará indiferentes.

Mariano Sánchez Soler es un escritor y periodista que se ha atrevido a dar un paso adelante para intentar esclarecer los misterios que rodean al doble crimen de los Urquijo. Profundo conocedor del sumario y de otros detalles que a muchos se nos escapan, Sánchez Soler es sin duda una de las personas que más tiempo ha dedicado al estudio de este caso; prácticamente toda su vida desde que hace más de veinte años cubriera el juicio de Rafael Escobedo para El Periódico de Barcelona, un trabajo que complementó con un libro que se llamó Los crímenes de la democracia. Además, y esto es noticia, hace unos meses publicó El asesinato de los marqueses de Urbina, una novela de suspense basada casi en su totalidad en los datos del sumario del “caso Urquijo”, y en la que el autor trata de sacar a la luz una nueva hipótesis que de alguna u otra manera siempre ha estado presente en la mente de muchas personas: el móvil económico.

Lo cierto es que cuando me entrevisté con él para la realización de un nuevo reportaje  para el programa de radio La Quinta Esfera apenas podía dar crédito a lo que me decían sus palabras. –En efecto, Chris, me dijo con una voz pausada, –La hipótesis del dinero nunca fue investigada por la policía. A los pocos meses de la muerte de los marqueses el Banco Urquijo, que por aquél entonces acumulaba muchas pérdidas, terminó fusionándose con el Banco Hispanoamericano. Como ustedes podrán intuir, mi asombro fue en aumento. ¿Qué podía significar aquello?

Mi sorpresa fue mayúscula. Más aún cuando pude comprobar de primera mano cómo efectivamente algunos documentos relacionados con el caso reflejaban que Manuel de la Sierra había vendido una cantidad bastante elevada del patrimonio de su esposa, aproximadamente unos 204 millones de pesetas, para comprar acciones del banco y así poder dominar el Consejo de Administración e impedir la fusión con el banco Hispanoamericano. Las preguntas, como es lógico, comenzaron a agolparse en lo más profundo de mi cabeza. ¿Significaba aquello que pudo existir un grupo de personas  interesadas en que Manuel de la Sierra muriese? ¿Pudo existir un personaje oculto que como en la novela de Mariano Sánchez Soler diseñó un plan perfecto? La respuesta a esta inquietante cuestión tal vez nunca la sepamos. Quizá, y solo quizá, el propio Rafael Escobedo fue quien terminó llevándose el secreto a la tumba.

Las casualidades

Hasta aquí, y retomando el hilo conductor de la historia donde la habíamos dejado unas líneas más arriba, todo parecía indicar que el crimen de los marqueses de Urquijo estaba prácticamente resuelto. A fin de cuentas, el sospechoso principal estaba detenido y hasta él mismo había firmado una confesión de culpabilidad. Sin embargo, durante el tiempo que duró la investigación se produjeron algunas casualidades insólitas que han propiciado que este caso siga para muchas personas rodeado del Misterio más absoluto. Uno de los ejemplos más relevantes lo tenemos en el arma que presuntamente se utilizó para cometer el crimen, una pistola Star del calibre 22 que en teoría pertenecía a Miguel Escobedo, el padre de Rafi. Según la declaración que Javier Anastasio realizó ante el juez, Rafael Escobedo le entregó aquella pistola (junto con otros objetos supuestamente relacionados con el crimen como un soplete, una bombona de gas, un rollo de esparadrapo y unos guantes) para que se deshiciera de ella, lo cual hizo arrojándola al pantano de San Juan, situado a más de cincuenta kilómetros de Madrid. El azar quiso que unos niños la encontraran tiempo después y que fuera depositada en el Ayuntamiento de Pelayos de la Presa. No obstante, al igual que apareció volvió a desaparecer misteriosamente. Por si esto fuera poco, los casquillos de bala que se habían encontrado y que consistían una prueba tan importante contra Rafael Escobedo también desaparecieron junto con la confesión de culpabilidad del propio detenido. Y en este caso, como en el anterior, no fue de un sitio cualquiera, sino que los casquillos desaparecieron del Juzgado de Instrucción Número 16 de Madrid.

Pero no solo fueron objetos los que desaparecieron; Javier Anastasio también lo hizo. Fue en diciembre de 1987, justo un mes antes de la fecha prevista para el comienzo del juicio oral, cuando el cómplice de Rafael Escobedo se fugó de España aprovechando un permiso penitenciario tras haber expirado el plazo de prisión preventiva estipulado por las leyes españolas en tres años. Es decir, que nadie fue capaz de juzgar a Javier Anastasio en todo ese tiempo. Aparentemente, a partir de ese momento las autoridades españolas le persiguieron sin éxito. Y decimos aparentemente no por casualidad, ya que aunque la policía nunca logró encontrarle, sí que lo hizo el periodista Jesús Quintero para una conocida entrevista que tuvo lugar en la playa de Buzios, en Brasil, a finales de 1990. Para el periodista Mariano Sánchez Soler, esta acción no tiene un mayor misterio que la repercusión que pueda tener una entrevista de estas características pactada por dinero. No obstante, para muchas de las personas que se han aproximado al “caso Urquijo”, entre las que me incluyo, esta anécdota no deja de ser realmente curiosa. Más aún cuando, el propio Javier Anastasio aseguró tras su regreso a España con la prescripción de todos los delitos que la Justicia española nunca tuvo un interés real en condenarle. Así lo expresaba en una entrevista para la revista Vanity Fair en 2010:

—¿Siempre pensó en desaparecer?

—No, de hecho estuve nueve meses esperando, desde que salí de la prisión preventiva hasta que se fijó la última fecha para mi juicio. Estaba en España, firmaba en los juzgados y, aunque salía alguna vez a Francia, no me fugaba. Pero empezaron, desde mi punto de vista, a darme avisos indirectos para que me fuera: primero me devolvieron el pasaporte, después me dijeron que no hacía falta que fuera a firmar todas las semanas, que podía ir cada quince días o cada mes. El juicio no paraba de retrasarse.

Además, en este apartado también es necesario destacar algunos acontecimientos que tuvieron lugar al día siguiente de producirse el doble asesinato de los marqueses, como por ejemplo el hecho de que el administrador de los Urquijo, Diego Martínez Herrera, lavase los cuerpos con agua caliente. Se podría pensar, y de hecho se pensó, que lo hizo como una forma leal e inocente de que sus antiguos señores estuvieran adecentados lo máximo posible, pero lo cierto es que esta acción fuera consciente o no, hizo posible que cualquier huella o pista, por extraña y remota que fuera, desapareciera de inmediato. No obstante, y aunque Rafael Escobedo llegó a acusar al administrador en varias ocasiones, la Justicia siempre estimó que Diego Martínez Herrera era inocente, al igual que sucedió con los hijos de los marqueses, Myriam y Juan de la Sierra, sobre los que también recayó la sombra de la sospecha. De hecho, Javier Anastasio sigue convencido (por lo menos lo estaba hasta hace unos tres años en la citada entrevista para Vanity Fair) de que Juan de la Sierra mintió cuando alegó que durante la noche del crimen se encontraba en Londres.

“Hay cinco cosas que desmontan su tesis —se dispone a explicar Anastasio—. La primera: ninguno de los periodistas que le esperaban en el aeropuerto lo vio llegar. La segunda: cuando el juez le pidió el billete de avión y el pasaporte, Juan recurrió la petición y se negó a ofrecer esos datos. Acabó diciendo que había viajado en un vuelo de Iberia. Mi abogado consiguió la lista de pasajeros y él no figuraba en ella. Interrogamos a las 135 personas del avión y nadie lo recordaba. Tampoco la tripulación. Tercero: durante el juicio, el confesor de la marquesa confirmó que había hablado por teléfono con Juan por la mañana y que ya estaba en España. Cuarto: un empresario de un conocido restaurante madrileño le contó a mi abogado que, dos días antes de los hechos, Juan y su padre estaban cenando en su local. Quinto: aquella noche Rafi me dijo que le acercara a casa de los marqueses porque había quedado con Juan”.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Javier Anastasio por intentar demostrar las contradicciones del hijo de los marqueses, lo único que podemos afirmar en este apartado con una seguridad rotunda es que Javier Anastasio fue el cómplice de Rafael Escobedo. Un cómplice que, dicho sea de paso, continuó yendo al chalet de Somosaguas en compañía de su amigo Rafi después de la muerte de los marqueses, ya que allí, según algunos testimonios, Juan de la Sierra, ya convertido en el sexto marqués de Urquijo, celebraba grandes fiestas en las que el sexo, el alcohol y el desenfreno eran los protagonistas indiscutibles. No obstante, además de las dudas y de las numerosas contradicciones, en este caso también existen algunas certezas, como el hecho de que Javier Anastasio se deshiciera de los objetos sospechosos o que él mismo fuera quien llevó a Rafi a la casa de los marqueses durante la noche del crimen en su propio vehículo. Además, todavía falta por explicar a qué se debió aquél extraño viaje que hizo a Londres al día siguiente de la detención de Rafael Escobedo. Un viaje que, recordemos, también realizó el administrador de los Urquijo, aunque por separado.

¿Un final inesperado?

Más de siete años después, el 27 de julio de 1988 tuvo lugar un hecho que pocas personas esperaban, a pesar de que el protagonista principal ya lo había anunciado en alguna ocasión. Ese día, los responsables de la prisión de El Dueso, en Cantabria, se encontraron a Rafael Escobedo muerto en su celda, colgado de una sábana. Aparentemente se había suicidado. Y volvemos a emplear esta misteriosa palabra porque a pesar de los años que han transcurrido desde entonces, la muerte del, recordemos, único condenado por la muerte de los marqueses de Urquijo, nunca ha estado clara como en un principio podría parecer. No al menos para algunos investigadores como Mariano Sánchez Soler, quien sostiene que algunas evidencias propias de la muerte por ahorcamiento como por ejemplo la ruptura de las cervicales, no estaban plenamente definidas en el cuerpo de Rafael Escobedo. Además, se da una circunstancia curiosa, y es que sus pies podían tocar la cama en todo momento, por lo que algunos especialistas están convencidos de que Rafi pudo sufrir una especie de eutanasia consentida. Es decir, que alguien le ayudó a morir.

Por si esto fuera poco, la autopsia que realizó el doctor José Antonio García Andrade reveló que el cuerpo tenía cianuro en los pulmones. Este hecho, como es lógico, hizo que muchos se plantearan la cuestión de si Rafael Escobedo murió asesinado o si como hemos mencionado antes se trató de una muerte consentida. Según su último abogado Marcos García Montes, Rafi no tenía la capacidad psicológica para este tipo de muerte, aunque no es menos cierto que el propio Escobedo llegó a plantear la idea del suicidio en una entrevista que mantuvo con Jesús Quintero y que incluso su hermano Carlos Escobedo no llegó a sorprenderse demasiado con el anuncio de la trágica noticia.

Tal vez la pregunta que debamos hacernos en este punto es si beneficiaba a alguien la muerte de Rafael Escobedo. Es necesario remitirnos a la frase de la sentencia “Solo o en compañía de otros” para recordar que la mayoría de los criminólogos que han investigado este caso coinciden a día de hoy en que el yerno de los marqueses no era la única persona que se encontraba la noche del crimen en el chalet de Somosaguas. Una de las pruebas la tenemos en el hallazgo de una misteriosa huella dactilar de tipo parcial que se encontró en el marco de una puerta del chalet, y que nunca se pudo determinar a quién pertenecía. Así mismo, el criminólogo Francisco Pérez Abellán también asegura que los disparos que se efectuaron aquella noche fueron distintos. El disparo que terminó con la vida del marqués fue efectuado de una forma fácil, casi cobarde, mientras que aquellos que terminaron con la vida de la marquesa fueron realizados con una gran maestría. Por eso, algunos investigadores siempre barajaron la posibilidad de que aquella noche había dos personas extrañas en los dormitorios principales, al igual que otro número indeterminado pudo haber permanecido oculto en otra parte de la casa, incluso en el exterior con la única intención de vigilar cualquier intromisión no deseada.

Conclusiones

Por tanto, y a modo de breve conclusión, se puede afirmar que Rafael Escobedo es culpable en el sentido de que él estuvo presente en la escena del crimen, aunque todavía quedan varias incógnitas por despejar. Por ejemplo, no sabemos si fue él quien disparó a los marqueses ni tampoco conocemos el dato de quiénes eran las personas que se encontraban a su alrededor. Eso es algo que el propio Escobedo nunca quiso revelar. De hecho, cuando aparentemente estaba a punto de hacerlo apareció ahorcado misteriosamente.

Por otro lado, el último abogado que tuvo Rafi en vida, Marcos García Montes, estuvo convencido de que la muerte de su cliente no fue casual. Tal vez por ello solicitó una autopsia que reveló aquella desconcertante sustancia en los pulmones. Además, en fechas recientes el letrado también ha manifestado tener en su poder las memorias que su cliente escribió durante su estancia en la cárcel de Cantabria. Tal vez la publicación de estos escritos pueda revelar de una vez por todas, la verdad del “caso Urquijo”, aunque según otros investigadores como Mariano Sánchez Soler, este hecho jamás conducirá a nada satisfactorio. A fin de cuentas, ya han pasado treinta y tres años desde que se cometió el crimen y nadie parece estar dispuesto a hablar más de lo estrictamente necesario. Y es que tal y como afirmó el propio Sánchez Soler en nuestra reciente entrevista: “El tiempo siempre va a favor del olvido”. Rafael Escobedo fue condenado y murió. Javier Anastasio fue imputado y se fugó, y un tercero, Mauricio López Roberts, marqués de Torrehermosa e íntimo amigo de Rafi, también fue condenado a diez años de prisión por un delito de encubrimiento. Tal vez, en definitiva, nos tengamos que conformar con aquella mítica frase que se ha quedado grabada para siempre en la historia de la criminología española, y que en el fondo deja una a una y sobre la mesa todas las dudas que no pocas personas tuvieron a lo largo de la investigación: Solo o en compañía de otros. Así fue el asesinato de los marqueses de Urquijo.

AGRADECIMIENTOS: Gracias al escritor y periodista Mariano Sánchez Soler por la entrevista que ha hecho posible este reportaje. Sin su ayuda habría sido muy difícil llegar hasta el final. Gracias.

 

Publicado por el día 04/08/2013 | Sin comentarios

 

 

 


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