Muchas veces, cuando vemos el sencillo mecanismo con el que los osados se lanzan desde las montañas, no podemos dejar de pensar cómo algo tan simple como un Ala Delta no hubiera sido ya probado (y con bastante antelación) no por parte del gran Leonardo, sino por el mismísimo Herón de Alejandría o Arquímedes. El simple vuelo de una cometa lo demuestra al fin y al cabo. Así también aquellos pájaros de madera con el que los niños egipcios se entretenían lanzando al aire. Quizá todas estas cábalas nos podrían llevar a admitir (e incluso) que las historia de Dédalo e Ícaro desafiando al mismo Sol, bien pudieran haber ocurrido, tal vez de una manera más simple y sin el manto con que las leyendas disfrazan la propia realidad

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La siguiente historia ocurrió en España un día de Mayo de 1798, pero no podemos contarla sin conocer a los personajes que intervinieron en ella. Así pues debemos decir que en el pueblo burgalés de Coruña del Conde nació Enrique Marín, que desde muy joven mostró afición y aptitud hacia la mecánica, estudiando el mecanismo de los molinos y batanes, construyendo aparatos para aserrar mármol, para machacar lino y otros de diversos usos prácticos. Pero su sueño, su verdadero sueño era el de volar. Esto era lo que mantenía su mente ocupada, imaginado aparatos que, no solo lo mantuvieran en el aire en suspensión sino que le permitieran también avanzar a través del viento.

Para ello se puso manos a la obra construyendo un águila de gran tamaño, provisto de unas alas de 2 metros de envergadura hechas de varillas de hierro y cubiertas de plumas que podían ser articuladas, así como la cola, también provista de tan singular revestimiento. El cuerpo era un armazón de madera y todo el mecanismo era dirigido por el aeronauta por medio de una manivela que a voluntad hacía cambiar su sentido y dirección de movimiento.

La noche del 1 de mayo de 1798, la cual era muy clara, Marín, desde una pequeña altura próxima al pueblo, se despidió del único testigo allí presente y asegurándole que llegaría hasta Soria se lanzó al espacio vestido también de plumas y sujeto por medio de unos estribos de metal. Ya desde el aire tranquilizó a su amigo asegurándole que volvería pasadas una semana. Estando ya elevado unos 4 o 5 metros, se orientó hacia la dirección deseada y se alejó con marcha serena y acompasada ante la asombrada mirada del testigo.

La mala hechura de un pernio del ala en la parte articulada hizo que comenzará a fallar, rompiéndose e interrumpiendo el viaje aéreo. Marín y su águila comenzaron a descender desde una altura de 15 o 20 metros aunque funcionando todavía lo suficientemente bien para no caer a plomo… Ya había recorrido casi medio kilómetro y hubiera seguido avanzando si el herrero del pueblo hubiera concluido bien la pieza.

Diego Marín, ayudado por su buen amigo, se dirigió con su prototipo a casa y, sin abandonar la valentía y fidelidad a su sueño, comenzó a pensar en las oportunas modificaciones que permitirían hacerlo funcionar correctamente y con mayor seguridad.

Sabía que la próxima vez sería también de noche, no le gustaría acabar como cierto portugués que intentando lo mismo (aunque sin éxito) fue acusado de tratos con el diablo.

A veces los “Dioses del Olimpo” ponen trabas a los hombres y, como a Ulises, lo desnudan hasta dejarlo sin nada, no en vano el sueño de volar no solo desafía  a la naturaleza humana sino al propio poder de los Dioses. Así le pasó a nuestro osado aeronauta, pues al volver de un viaje que lo había apartado por días de su taller se encontró con su obra destruida, quemada por las hordas locales.

Pocos años vivió el ingenioso mecánico, sufriendo las burlas de sus preocupados paisanos. Abandonando nuestro mundo en el año 1804 siendo el primer hombre que con éxito , y sin daño, logró en España volar algún espacio.

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